Aguadoras y fuentes

“Tanto va el cántaro a la fuente…”

Narración: Guadalupe Morales

Aguadoras y fuentes
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Durante siglos y hasta no hace mucho tiempo, en las sociedades tradicionales, las fuentes naturales proporcionaban la mayor parte del agua necesaria para vivir. El agua se recogía en recipientes diversos entre los que predominaban los cántaros.

A mediados del siglo pasado, había ocho fuentes dentro del casco urbano de Jarandilla de la Vera, de las cuales tres tenían pilón: la de la Iglesia, la del Llano, y la del Altozano. El pilón permitía que pudieran beber no solo las personas sino también el ganado. Aun se puede oír el silbido acompasado y suave que emitían los dueños de las caballerías para que bebieran con tranquilidad.  

La fuente más importante y frecuentada era, por su emplazamiento, la de la plaza del Ayuntamiento. Podía haber alguna más monumental, pero no estaba en la plaza del Consistorio.

Era una fuente sencilla pero armoniosa, se podría decir que no le sobraba ni le faltaba nada. Rehundida en la pared en una especie de hornacina revestida de azulejos con dibujos geométricos de diferentes colores, la fuente tenía dos caños de metal curvos y plateados por los que salía abundante agua.

A ella acudían a diario, las mozas del pueblo, las aguadoras, con sus cántaros de barro cocido, o de latón, que una vez llenos hasta el borde, acarreaban hasta la casa, dando uso al agua tanto para beber como para lavarse.

Los cántaros se llenaban poniéndolos debajo de uno de los chorros, o sujetos en el aire y embocándolos hacia uno de los caños.  ¡Era un beso, compartido!

Claro, el viaje a la fuente se aprovechaba para enterarse de las últimas noticias del pueblo que, aunque no eran muchas, alegraban la vida y llegado el caso, chismorrear un rato y entre risas no dejar títere con cabeza.

Llenos los cántaros y acabadas las conversaciones, las mozas colocaban uno sobre su cabeza y otro “al cuadril “, es decir, apoyado en una de las caderas.  Erguidas como si la carga no pesara, las caderas de un lado al otro como si jugaran a empujarse, los cántaros jugando a no caerse, las aguadoras regresaban alegres y airosas a sus casas.

Aquel rincón era también, un espacio en el que se encontraban y se cruzaban miradas, risas y conversaciones, muchas veces picantes, entre los mozos más descarados y las mozas más atrevidas del pueblo. Incluso se hablaba de algunos besos furtivos conseguidos.

Muchos noviazgos se han gestado aprovechado la atmósfera sensual que se generaba, algunas tardes, en aquella zona de la plaza.    

La fuente ha sido, de siempre, un espacio preferentemente femenino. Una y otra han tenido una relación profunda desde lo más remoto de los tiempos surgida de la capacidad de generar vida. Tal vez esa sea la razón de la buena relación entre ambas.

Somos testigos mudos de la desaparición de una costumbre cotidiana y ancestral: ir a coger agua a la fuente. Desaparecen, también, los manantiales, las aguadoras, y la forma de vida de la que forman parte.

 Las pocas fuentes que perduran, entre las que se encuentra la de la plaza del Ayuntamiento, remozadas y reubicadas sin ningún criterio, han perdido su autenticidad, languidecen. Han dejado de ser las fuentes que fueron.

Otras fotografías de la exposición "Un Paseo por la Memoria"