El banco de la Plaza Nueva

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En esta esquina de la Plaza Nueva alguien colocó un banco metálico. 

Quizá la elección del sitio no fuera intencionada, pero apareció en esta parte del pueblo donde hay mujeres que conservan formas de vida heredadas de tiempos pasados. Éstas comenzaron a sentarse en él y, sin proponérselo, revivieron costumbres olvidadas mientras el banco empezó a hacer las veces de las pequeñas sillas de enea que utilizaban las mujeres para sus quehaceres.

En las mañanas soleadas se sentaban a la puerta a peinarse y se recogían el pelo en un moño bajo. Por las tardes las vecinas dejaban pasar el tiempo charlando, haciéndose confidencias o contando cosas del día a día, de la familia, de algún conocido o incluso del que pasara por allí que, mientras seguía su camino, notaba varios pares de ojos clavados en su espalda. Buscaban la sombra para hacer ganchillo, encajes de bolillo, zurcir prendas rotas o desgastadas, pelar mimbres o despezonar pimientos, mientras contaban historias o sucedidos que despertaban el interés y las risas entre ellas. 

Por la noche, en invierno arrimaban la silla a la lumbre o la sacaban a la puerta, en verano, para disfrutar con la familia del fresco.

Las mujeres siempre han conocido las ventajas de mantener contacto entre ellas, para liberar tensiones y preocupaciones, con complicidad y sobre todo con risas. Por eso sacaban su silla a la calle y así, cuando entraban en sus casas, con el pequeño asiento de enea en la mano, estaban listas para continuar la labor de llevar una casa y atender una familia que por entonces solía ser numerosa y abarcaba varias generaciones.

Este viejo banco de la foto ha suplantado a las sillas de enea y en él se sientan las vecinas de la calle a la caída de la tarde, cuando las tareas de la casa, ahora menos pesadas, han finalizado y toca descansar hasta la hora de la cena.