El transporte en La Vera

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“La Verata tira patas, el Correo tira peos, la Oropesa tira pesas”

 

Este ripio lo canturreaba la chiquillería de Jarandilla cuando veían circular por el pueblo a alguno de estos autobuses. 

El nombre popular de la Verata, el Correo, la Oropesa, Gredos Auto, más tarde Sepulvedana, derivaba del territorio por el que circulaban, prestando sus servicios, transporte de viajeros y de la correspondencia.

 

La Comarca de la Vera, en general, y Jarandilla en particular, han padecido una situación de incomunicación, aislamiento y atraso socioeconómico históricos hasta una época bastante tardía, como puede ser mediados del siglo XX.

 

Factores físicos como el clima, el rio Tiétar con sus crecidas o la difícil orografía de la sierra de Gredos, una red viaria deficiente y unos medios de transporte obsoletos contribuyeron a prolongar en el tiempo el aislamiento de esta comarca.

 

La red viaria deficiente se traducía en condiciones adversas para viajar, incomodidad y duración de los viajes, tanto para los viajeros como para las mercancías. Las mejoras de las infraestructuras y de los medios de transporte en los años 50 y 60 del siglo pasado que fueron efectivas en otras regiones de España, no lo fueron en la Vera donde nunca supusieron un factor dinamizador de la economía y de la apertura de sus gentes.

Sin embargo, pesar de estas dificultades, el transporte de viajeros por carretera se organizó en la Vera en las décadas centrales del siglo XX, conforme al sistema de autobuses de línea regular, aunque con cierta discrecionalidad, reflejada en expresiones como “yo me bajo en el cruce de Robledillo”. El itinerario y las paradas estaban establecidos y la mayoría de los recorridos eran de un único servicio diario de ida y vuelta. La mayor parte de los autobuses tenían tarifa única, de entre 0,2 y 0,3 pesetas/km. 

No obstante, y a pesar de la precariedad de las condiciones del viaje, en los años 50 del siglo pasado, los jarandillanos podían desplazarse mediante un servicio diario de autobús de línea regular a los principales destinos, otras poblaciones de la Vera, Coria, Plasencia, Navalmoral de la Mata, Oropesa, Talavera, e incluso a Madrid.   

 

Viajar en los años 50/60 del siglo pasado era toda una aventura. Ir a Madrid, a Barcelona y no digamos al extranjero, era casi una epopeya, digna de un relato épico.

 

No era de extrañar que al subir a alguno de aquellos autobuses y echar una mirada al pasaje, te encontrases con un panorama desolador y a menudo una escena de cuerpos en todas las posiciones, que recordaba el cuadro de Gericault “La balsa de la Medusa”, la imagen de un naufragio, pero sobre ruedas.

 

En Jarandilla la parada del coche de línea o autobús estaba junto al bar El Tropicón frente de la fábrica El Clavel de la Vera. Lugar en el que se encuentra emplazado el panel del “Transporte en la Vera” de esta exposición.

 

Era costumbre entonces esperar la llegada del coche de línea, sobre todo de la Verata y el Correo. Durante la parada se generaba cierto bullicio y trasiego de personas y bultos que el ayudante del conductor en la baca que había sobre el techo del autobús. Baca sobre la que, en ocasiones, también se acomodaban los viajeros que no cabían dentro del vehículo.

 

Reanudado el viaje, el antes ayudante se reconvertía en cobrador de billetes. Transcurrido un tiempo de viaje, en general no mucho, se abría la caja de Pandora. Bastaba que alguien dijese ¡revuelta! para que, ¡Dios bendito!, todo el pasaje se pusiera en alerta. Respiraciones profundas, cabezas por fuera de la ventanilla, pero todo inútil, antes o después, algún viajero reventaba emitiendo una especie de barrito de elefante y regurgitando materia orgánica de no se sabe cuándo. En esta situación, muchos viajeros se lanzaban a las ventanillas del autobús sacando medio cuerpo fuera, en un vano intento de evitar lo inevitable. Unos echaban la primera papilla, otros ni se sabía.  Las cigüeñas costales de los autobuses Hispano Suiza antes elegantes, se convertían en la expresión de la resignación y el desamparo. Pero no era esta la única escena con la que podían encontrarse los viajeros que utilizaban los autobuses veratos. Estaba, también, la escena del pollo-viajero, pero ese es otro asunto…

 

Los destartalados autobuses de los ya remotos años 40/50 del siglo pasado, contribuyeron a prolongar la incomunicación y el aislamiento de la Vera, pero también permitieron una incipiente apertura de sus habitantes hacia una realidad algo más abierta y dinámica.

 

Eran como de la familia y los nombres con los que se les conocía, la Verata, el Correo, la Oropesa y Gredos Auto/Sepulvedana, les ha dado una dimensión especial, una identidad que ha hecho posible que tengan un espacio propio en la memoria y en el corazón de aquellos veratos que tuvieron la oportunidad de conocerlos, disfrutarlos y padecerlos.