Homenaje al cine rural

El homenaje al cine rural con el que hemos querido cerrar esta extraña y dolorosa edición de la Muestra de Cine de la Vera esta marcado por el deseo de Badila, nuestra asociación, de despedirnos con una sonrisa y una mirada hacia atrás para recuperar por una noche recuerdos de infancia en los que el cine era protagonista de nuestros sueños.

 

El cine que fue probablemente el primer “LIMBO” de todos los niños. Un limbo de cine cuyos primeros pasos los dimos de la mano del “cine de tartana”. Un cine que llegaba al pueblo en tartana y de improviso. Un cine mudo, modesto, de supervivencia.  En el que los malos lo eran de nacimiento, y en el que cuando el espectador se perdía en el relato reclamaba la información necesaria con un, “se explique”, dirigido al operador. Un cine en el que la asistencia de público, y el éxito de la sesión, dependían en nuestro pueblo del bando de Paulino, el pregonero.

Más tarde, nuestro Cinema Paradiso en versión jarandillana se llamó Cine Clavel o del Moro y Cine Pedrín que tomó el relevo del de tio Santiaguerre.

 

El sueño comenzaba cuando la chiquillería esperábamos la llegada del hombre de las bobinas que en la plaza de Jarandilla colgaba en las carteleras de los cines, fotogramas montados sobre cartón duro de la película de la semana. Allí empezaba el sueño que se prolongaba en la sala y aún después en los comentarios de todo un pueblo que divertimento a penas tenía mucho más de ese.

 

Hablamos de una época en la que el cine ponía al alcance de los espectadores un universo que sin él no habría existido. El cine fue una ventana abierta al mundo, en una época en que las ventanas estaban cerradas, o simplemente no había ventanas.

Cinema Paradiso

 

La película que vamos a ver a continuación es reconocida como el mejor homenaje hecho al cine rural. En efecto, “Cinema Paradiso” es una historia de amor por el cine que 32 años después de su estreno sigue cautivando y emocionando a todo aquel que la ve.

 

El cine Paradiso vio la luz, como tantos otros en aquellos años dorados del celuloide, en una pequeña localidad ansiosa de distracciones. Bajo los auspicios de la Iglesia católica italiana, el Paradiso abrió sus puertas y se instaló en la columna vertebral de la gente. En la del padre Adelfio, el cura bonachón y censor, protector de la moral y de la decencia; en la de Alfredo, el filósofo y tierno operador de la cabina de proyección; en la de Totó, el niño travieso y despierto, y después muchacho y hombre, que ama el cine; en la de todos los vecinos que, semana tras semana, dejan sus quehaceres corrientes durante unas horas para perderse en historias ficticias, historias que no son las suyas y que son las de todos, historias con las que cualquiera sueña en lo más íntimo.

 

El Paradiso es testigo de los años, de la guerra, del latido del pueblo, observa crecer a Totó, es la prisión y el objeto de culto de Alfredo, ofrece su evasión a todas las generaciones… Ve pasar la vida con sus ciclos que se repiten sin cesar. Infancia, adolescencia, madurez, soledad, amor, muerte.

 

Un hijo sin padre. Un padre sin hijos. El veneno dulce de la propia tierra. El amor perdido. La fidelidad eterna. La huida hacia el destino. El amor rendido e incondicional.

 

Totó siempre regresará al Cinema Paradiso. Nunca se marchó en realidad. Como todo hijo, desobedeció a su padre cuando creía que éste no miraba.

Para Totó, la más excelsa forma de demostrar el amor es a través del cine.

Y para Giuseppe Tornatore, su director. Como la música lo fue para Ennio Morricone (Gracias maestro, allá donde quiera que estés)

 

Porque la vida es la película más emocionante.

 

Así que, no se preocupen si se les escapa alguna lagrima.

 

Nos vemos el año que viene en la 4ª edición de la Muestra de Cine de la Vera.

Feliz visionado.